Bolaño hasta en la sopa (:

Hoy he visto el nombre de Bolaño hasta en la sopa y es que es un día helado de diciembre, helado para la normalidad con que ha venido transcurriendo el clima en la ciudad. He dicho que lo he visto en la sopa, claro que no literalmente, ¿cómo podría verlo en la sopa, literalmente? Aunque… me acuerdo de una exposición de arte contemporáneo en Tijuana, donde una de las piezas consistía en un tazón de porcelana blanquísima que contenía leche, y en la que se lograba proyectar el rostro de un hombre cuyas facciones no recuerdo con nitidez; lo que sí recuerdo es que su cabello era desaliñadamente ondulado, y que cuando me acerqué al tazón no pude hacer otra cosa mas que pensar en que el artista sí que había tenido un momento de abstracción. Eso fue lo que pude pensar en aquel momento, eso y que cualquier gato se volvería loco si le sirvieran leche en esa pieza. Volviendo a Bolaño y a su aparición en mi tazón de sopa, les cuento que tras servirme una porción de fideos humeantes y dejarlo cerca de diez minutos en la barra de la cocina, mientras atendía una llamada, volví, lo tomé entre mis manos y di un gran sorbo a la sopa, de inmediato devolví el taste y el plato helado al microondas y entonces se produjo aquello, no pude evitar pensar en ese poema que dice /Soñé con detectives helados/ /en el gran refrigerador de Los Ángeles/ /en el gran refrigerador de México D.F./, aunque éste más bien era el gran refrigerador de mi departamento, un inmueble bastante minimalista (más por razones económicas que por concepto) que seguro hacía que todo fuera aún más frío, aunque esto no sucedía en verano, ahí sí que no tenía lugar la metáfora construida en el poema; en esos días todo transcurría con normalidad, sobre todo el clima. Fue justo en esos días que un amigo de la universidad me habló de “Los perros románticos”, el primer libro de ese huevón argentino que habría de leer sin pausa y que haría que me aventara un clavado al movimiento Infrarrealista. Recuerdo que a mi amigo esos poemas le dieron igual pero a mí me volaron los sesos.

     Después de dejar limpio el plato de sopa caliente, estuve algunas horas navegando entre el twitter, artículos de actividad paranormal, algunos poemas ridículos (quizás eran los míos), algunos documentales breves sobre Pizarnik y los memes más sobresalientes del día; fue entonces cuando me encontré o más bien me encontró a mí un artículo sobre Bolaño y las dos caras de su inminente canonización en la literatura latinoamericana, también se hablaba de una próxima adaptación de Los detectives salvajes al cine y de que Bolaño, al parecer, ya había superado el éxito del que sólo el latinoamericano Gabo había sido merecedor; después de leer esto, pensé en la reacción que tendría Gabo si estuviera vivo y leyera aquello, pero  sobre todo imaginé escenas totalmente retorcidas de Gael García como Arturo Belano e intenté pensar en quién demonios podría hacer de Ulises Lima en esa cinta de la que se sospecha que también pueda resultar una serie o una película en varias entregas pero sobre todo, y es a lo que más le temo, un algo que nada tenga que ver con Los detectives salvajes.

     La tarde continuó, y sin advertirlo, el sol ya no se encontraba más sobre los cerros que se asoman chismosos desde mi ventana. Yo había vuelto a alguno de sus cuentos, sobre todo a los que citaba el artículo, luego decidí que debía dejar descansar a Bolaño porque qué tal si me estaba observando con desagrado por acudir a su textos con tanta veneración, después de todo el artículo tenía razón, Bolaño se estaba convirtiendo en algo que quizá no habría querido (aunque yo tengo mis dudas), de todas maneras cómo podría evitarlo, para empezar él mismo ya era un detective heladísimo y para continuar aquello ya no era una amenaza, era una realidad inminente.

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