Poe-mapa incandescente para desaparecer
Edgardo, constelación oscuramente hermosa en la que penetré
cada centímetro de espacio, cada pálpito de palabra lumínica, cada movimiento
de estrella desbocada
El hombre pulso o geyser que me invadió la materia con poemas
vibracionales de látex, órganos y metáforas y raíces que me crecían hasta el
momento de mi nacimiento, una y otra vez y todas las veces de todos los tiempos
Edgardo: el pensamiento, la imagen en que me quedé montado
mientras la luz de los automóviles nos dibujaba deformes en el cristal y las
ratas hacían fiesta y sus cigarros crepitaban en el local de abajo
Tifón de tigres en la penumbra de los cráneos: los cuerpos
calientes, luego las envestidas dulces,
líquidas, dolorosas, pulverizantes
Y la obediencia mansa de nuestros cuerpos largos, nuestros
cuerpos ríos, nuestros cuerpos falos de terracota en que reventábamos como
estrellas de leche en el huerto de la dentellada noche
Suicidios diminutos y acelerados, nuestros sueños sintéticos
de lenguas lúbricas y corpulentas, de palabras colosales para irrumpir en la
carne del otro, de los otros, de nosotros mismos
Nos quedan todavía, Edgardo, las ballenas psicotrópicas y esa
necesidad de tocarnos jóvenes y transparentes, tocarnos invisibles, tocarnos
algas, tocarnos espesamente marinos, tocarnos sin nombres, tocarnos como mapas del futuro, digitarnos los signos, tocarnos en público, tocarnos sin vergüenza, tocarnos como gatos
celestes o con la intensidad de los perros que braman en la penumbra fugaz de
los soles desnudos, TRAS-TOCARNOS y tras tocarnos, desaparecer.



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